La vulgaridad en el ámbito político, lejos de ser un simple desliz comunicacional, emerge como una estrategia de gobierno que se alinea con el neoliberalismo tardío y su enfoque en la financiarización. En el caso de Javier Milei, al igual que en el de Donald Trump, el uso de un lenguaje vulgar y agresivo actúa como un mecanismo de control simbólico que desactiva el pensamiento crítico, reemplaza el conocimiento y legitima la degradación de las instituciones.
Pero, ¿cómo se convierte la vulgaridad lingüística, la agresión en el discurso y el pseudoconocimiento económico en herramientas centrales de poder político en el contexto del neoliberalismo tardío, especialmente en la figura de Milei? La vulgaridad cumple una función específica: bloquear la argumentación compleja. Al simplificar el intercambio político a consignas agresivas y expresiones soeces, se imposibilita una reflexión profunda.
El investigador Teun A. van Dijk apuntó que el control del discurso es una forma fundamental de control social, ya que moldea las representaciones mentales colectivas. En este sentido, la vulgaridad no empodera a las clases populares, sino que limita su capacidad de análisis y crítica.
Por su parte, Norman Fairclough advierte que la invasión del discurso público por lógicas mercantiles y autoritarias genera una degradación intencionada de los registros comunicativos. El lenguaje se transforma en una herramienta performativa en un sentido empobrecido; no genera sentido, sino efectos inmediatos que buscan alineamientos emocionales.
En este contexto, Milei se enfrascó en un espectáculo de confrontación con el kirchnerismo, proclamando: "La malaria se terminó". No se puede analizar a Milei como un economista excéntrico que irrumpe en la política por simple exposición mediática. Su ascenso debe interpretarse como la consolidación de un dispositivo neuroafectivo y financiero que combina vulgaridad performativa, pseudotecnificación económica y violencia simbólica sistemática. No representa una ruptura con el neoliberalismo argentino, sino su forma más explícita y desinhibida.
El paso del set televisivo al Poder Ejecutivo no transformó la estructura de su discurso; la intensificó. El grito, la humillación del adversario y la reiteración de la obscenidad no se abandonan en pos de la institucionalidad, sino que se convierten en marcas identitarias del ejercicio del poder. La presidencia se convierte en un escenario y el Estado, en una plataforma.
El lenguaje de Milei se organiza en torno a una economía de la excitación. El volumen, la agresividad y la vulgaridad no actúan como una expresión espontánea, sino como una herramienta neuro política que activa respuestas emocionales primarias, bloqueando así la reflexión. La constante apelación al desprecio y a la humillación pública establece un vínculo afectivo basado en la descarga emocional, no en la comprensión.
Esta dinámica no busca persuadir, sino sincronizar emocionalmente a su audiencia. Los seguidores no son convocados a evaluar políticas, sino a compartir estados de ánimo como la ira, el desprecio y un goce punitivo. La vulgaridad se convierte en un pegamento emocional y en una frontera moral; quien se siente incómodo queda automáticamente excluido del grupo.
En paralelo a esta retórica, Milei despliega un repertorio de términos económicos presentados como verdades indiscutibles. Conceptos como agregados monetarios, expectativas racionales y equilibrio fiscal, simplificados hasta la caricatura, funcionan como fórmulas rituales que buscan producir deferencia. La acumulación de términos no tiene como objetivo esclarecer, sino intimidar cognitivamente.
La economía se presenta como un campo cerrado, accesible solo a los iniciados. Cualquier crítica es descalificada como ignorancia, resentimiento o mala fe. Así, el tecnicismo vacío se convierte en una herramienta disciplinaria; legitima decisiones regresivas al presentarlas como inevitables y científicamente necesarias.
El gobierno de Milei no oculta los efectos sociales de sus políticas, sino que los exhibe. El ajuste, la pérdida de derechos y el deterioro de las condiciones de vida son mostrados como pruebas morales. Quien sufre no comprende, "vivió por encima de sus posibilidades" o merece el castigo. El dolor social se transforma en un espectáculo y una advertencia. La burla no es un exceso verbal, sino una táctica de gobierno.
Esta crueldad performativa tiene una función pedagógica invertida. No enseña solidaridad ni responsabilidad colectiva, sino obediencia y resignación. El dolor social se convierte en un espectáculo que se utiliza como advertencia. El equipo económico de Milei actúa como núcleo de legitimación de su discurso, apoyándose en un entramado de funcionarios, asesores y operadores que reproducen y amplifican este régimen simbólico.
Economistas con formación en finanzas, exfuncionarios relacionados con procesos previos de endeudamiento y cuadros tecnocráticos sin legitimidad democrática operan como garantes de una racionalidad supuestamente técnica. Este equipo no debate, certifica. Su función no es deliberar alternativas, sino traducir la violencia política en lenguaje administrativo. La continuidad entre discursos previos y decisiones actuales revela una lógica de restauración presentada como refundación en el Congreso.
La violencia simbólica del liderazgo de Milei se articula con un ecosistema digital muy activo. Funcionarios, comunicadores oficiales y cuentas afines actúan como multiplicadores del discurso agresivo. El insulto no es algo marginal ni espontáneo, sino que es coordinado, reiterado y funcional. La sincronización entre declaraciones presidenciales, ataques en redes y el silenciamiento de voces críticas crea un cerco simbólico. Cuestionar se convierte en un acto costoso. La ciudadanía aprende rápidamente que oponerse implica exponerse a humillaciones públicas.
Un rasgo distintivo del mileísmo es la coexistencia de tecnicismo económico con referencias esotéricas, místicas o irracionales. Esta combinación no es contradictoria, sino que refuerza la lógica de fe. La economía deja de ser un campo de conocimiento y se convierte en un credo. Milei se presenta como el intérprete exclusivo de verdades ocultas, incomprendidas por la mayoría. El ciudadano no debe entender, debe creer. La obediencia reemplaza a la ciudadanía.
En conclusión, Javier Milei personifica una forma extrema de neoliberalismo tardío autoritario en la que la vulgaridad, el pseudoconocimiento y la crueldad no son desviaciones, sino componentes estructurales. Su gobierno no opera a pesar del desprecio por la deliberación democrática, sino gracias a él. Este análisis demuestra que el mileísmo no es un fenómeno accidental, sino la manifestación de una racionalidad que combina finanzas, plataformas y emociones para generar obediencia en un contexto de creciente crisis.
La vulgaridad cumple funciones específicas: desactiva el pensamiento crítico, bloquea la deliberación democrática y produce adhesiones emocionales que reemplazan la evidencia. Combinada con el pseudoconocimiento económico, crea un régimen de creencias donde las decisiones públicas se presentan como inevitables y cualquier objeción es moralmente descalificada. Lejos de empoderar a los sectores populares, esta racionalidad profundiza la desigualdad y legitima la crueldad social. El sufrimiento se presenta como un sacrificio necesario; la exclusión, como una responsabilidad individual. El Estado no desaparece, sino que es capturado y reorientado hacia la protección del capital financiero y de las élites que lo administran.
La normalización de la vulgaridad mileísta, incluso en ámbitos universitarios y profesionales, se erige como uno de los síntomas más alarmantes de esta mutación histórica. Cuando el lenguaje se degrada, también lo hace la capacidad de imaginar alternativas. La ruina no es solo institucional o económica, sino también intelectual y cultural.

