La producción industrial sufrió un nuevo golpe en febrero, sin señales de recuperación a la vista. La caída fue contundente, con un descenso del 8,7% en comparación interanual y un retroceso del 4% respecto a enero, según la medición desestacionalizada. Este es el octavo mes consecutivo de descenso, marcando una tendencia clara sin oscilaciones.
Este panorama confirma lo que los estudios privados habían anticipado y que ahora el Indec ha oficializado: la industria no encuentra un punto de apoyo. El leve repunte de enero resultó ser solo un espejismo. Febrero volvió a evidenciar una caída generalizada en casi todos los sectores, con un fuerte impacto en las áreas vinculadas al consumo interno y la construcción.
No obstante, la baja no es uniforme, aunque sí abarca una amplia gama de sectores. La metalmecánica, los textiles y los materiales para la construcción fueron los más afectados. La industria automotriz también sintió el impacto, todo en un contexto donde la demanda interna se muestra debilitada y las exportaciones no logran compensar la situación. Con el crédito en niveles bajos y los salarios rezagados, la actividad se ajusta a la baja.
Un factor que preocupa sobremanera al sector es el comportamiento de la agroindustria, que tradicionalmente actúa como refugio en tiempos de crisis. Sin embargo, en esta ocasión, muestra signos de debilidad. Esta situación no se debe a una escasez de cosechas, sino a una combinación de factores que revelan tensiones más profundas.
En febrero, las fábricas de aceite y harina de soja enfrentaron serias dificultades para obtener materia prima. La razón es sencilla: la caída de los precios internacionales de la soja llevó a muchos productores a optar por no vender. Prefirieron retener sus granos, esperando una mejora en las cotizaciones.
Este fenómeno, conocido en el sector como “retención de cosecha”, impactó directamente en la industria. Sin grano, no hay molienda, y sin molienda, la producción de aceite y harina —los productos de mayor valor agregado del complejo exportador— se desploma. Además, hubo un segundo factor menos visible pero igualmente significativo: la reducción de la importación temporal de soja desde Paraguay. En condiciones normales, cuando la oferta local escasea, las plantas argentinas recurren a soja paraguaya para mantener la producción. En febrero, este flujo se vio disminuido.
El resultado fue un doble estrangulamiento: menos grano local por la retención y menos grano importado para compensar. Las plantas operaron por debajo de su capacidad. A esto se suma que febrero fue un mes acortado en términos productivos. Los feriados de carnaval redujeron los días hábiles, y un paro sindical paralizó puertos y plantas durante varios días. En algunos complejos, la actividad efectiva se limitó a apenas 15 jornadas.
Sin embargo, más allá de estos factores coyunturales, el sector enfrenta un problema estructural más grave: los márgenes de ganancia. Los costos de energía, combustibles e insumos han aumentado por encima de los precios de exportación, lo que erosiona la rentabilidad.
Curiosamente, mientras la molienda cae, las exportaciones aumentan. En el primer bimestre del año, se registró un incremento del 7%. Sin embargo, este aumento se debe a un mayor despacho de granos sin procesar, principalmente trigo y girasol. El valor agregado, por su parte, disminuye, lo que indica un cambio en la calidad de las exportaciones: menos industria y más primarización, con la consiguiente reducción de empleo y encadenamientos productivos.
En este contexto, la caída del 8,7% adquiere una dimensión alarmante. No se trata solo de un descenso en la producción, sino de una señal clara sobre el tipo de crecimiento que se está configurando. El Gobierno confía en que la estabilización macroeconómica termine por derramarse sobre la actividad productiva, pero por ahora, la realidad es otra: la estabilidad coexiste con la caída productiva.
Finalmente, un dato que pone todo en perspectiva: la última vez que la industria experimentó una caída mensual más profunda que la actual fue en abril de 2020, cuando el confinamiento por la pandemia paralizó fábricas y la producción se desplomó un 19,2% en un solo mes. La diferencia radica en que aquella fue una caída abrupta y excepcional, mientras que la actual es persistente, lo que la hace aún más difícil de revertir.

