El crecimiento económico en Argentina enfrenta un desafío constante, donde los gobiernos peronistas son frecuentemente señalados como responsables de una baja performance en las últimas ocho décadas. Esta narrativa ha sido impulsada por la ola conservadora que comenzó con el mandato de Mauricio Macri y que ahora se intensifica bajo la administración de Javier Milei, quienes han logrado establecer esta percepción a través de discursos insistentes y un fuerte apoyo mediático. Sin embargo, los datos ofrecen una visión completamente diferente.
Desde que Juan Domingo Perón asumió la presidencia en 1946 hasta el año 2025, el Producto Bruto Interno (PBI) de Argentina experimentó un incremento del 534%, lo que se traduce en una tasa de crecimiento anual promedio del 2,44%. Estas cifras provienen de fuentes reconocidas como el Proyecto Maddison y el Banco Mundial, que también proyectan un crecimiento del 4,3% para 2025, aunque este último dato es objeto de controversia debido a las estadísticas del INDEC.
A pesar de que estos números se consideran bajos en comparación con el crecimiento global, que es impulsado por el avance asiático y que casi triplica el ritmo argentino, lo realmente sorprendente es que durante los gobiernos peronistas la economía creció a un ritmo mucho más acelerado que durante los gobiernos no peronistas. La tasa promedio anual del PBI bajo la conducción peronista fue del 3,32%, mientras que en los años de gobiernos no peronistas, esta tasa apenas alcanzó el 1,53%. Esto significa que por cada año de crecimiento bajo el peronismo, se necesitaron más de dos años de gobiernos no peronistas para lograr resultados equivalentes.
El estancamiento económico se debe principalmente al deterioro experimentado durante los gobiernos no peronistas entre 1976 y 2025. Durante esos 22 años, que incluyeron gobiernos militares y presidencias democráticas como las de Raúl Alfonsín, Fernando De la Rúa, Macri y Milei, Argentina no creció en absoluto, con una tasa promedio anual levemente negativa del -0,03%, en contraste con el resto del mundo. Ni siquiera Venezuela logró un desempeño tan negativo. Si se suman las presidencias de Carlos Menem a este grupo, a pesar de que sus políticas representaron un fraude al movimiento peronista, se mejoraría ligeramente el resultado, aunque sin alcanzar un nivel digno (la tasa aumentaría al 1,18%).
La desaceleración, además de la menor actividad productiva, trajo consigo cambios drásticos en los modelos económicos, fomentando negocios financieros especulativos y una primarización de la estructura productiva, con el endeudamiento externo como motor esencial. La primera gran toma de deuda externa ocurrió durante la última dictadura, seguida por el engaño de Menem y la Convertibilidad, luego con Macri y, finalmente, con el actual gobierno de Milei. En todos estos casos, se optó por préstamos en moneda extranjera, a pesar de la posibilidad de financiar compromisos del sector público en pesos.
Esta decisión de asumir deuda en dólares para cubrir gastos en pesos puede parecer contradictoria, pero se alinea con los objetivos buscados. Inyecta divisas al país, permitiendo ganancias extraordinarias en moneda extranjera para el sector financiero, y mantiene artificialmente estable el valor del dólar, mientras se resignan capacidades productivas. A diferencia de la deuda en moneda nacional, que debería reducir su peso relativo en tiempos de crecimiento, la deuda externa se vuelve más pesada debido a la combinación de nuevos créditos, mayores requerimientos de divisas para importaciones y el repago de deudas con intereses crecientes.
Este desequilibrio externo inevitable provoca una explosión en la demanda de dólares, y como se ha visto en la historia reciente, la fuga de capitales es el principal motor de la inflación. Actualmente, el crecimiento de las exportaciones de energía y minería proporciona un respiro en términos de divisas, pero también presiona fuertemente la capacidad productiva del país.
A pesar de las crisis generadas por estas experiencias, los gobiernos peronistas han logrado implementar políticas de estímulo a la demanda y a la producción, dirigiendo en las últimas décadas un crecimiento más rápido en comparación con los gobiernos no peronistas. Desde la recuperación de la democracia, los mandatos peronistas (sin contar los de Menem) han registrado una tasa promedio anual de crecimiento del 3,61%, en contraste con el -0,03% de los gobiernos no peronistas, incluso incluyendo el mandato de Alberto Fernández, que enfrentó conflictos internos, la pandemia, la guerra en Ucrania y una sequía histórica.
Además, estos gobiernos lograron que, tras el colapso del crédito internacional en 2001, en 2015 Argentina tuviera niveles de deuda entre los más bajos del mundo, según lo constató Nicolás Dujovne, el segundo ministro de Economía de Macri.
El escaso crecimiento bajo gobiernos no peronistas no puede atribuirse a contextos internacionales adversos o a factores incontrolables. Durante esos años, las condiciones externas favorecieron el crecimiento regional. Por ejemplo, Brasil, el principal socio histórico de Argentina, tuvo una tasa de crecimiento promedio anual del 4,93% durante los gobiernos no peronistas, mientras que bajo el peronismo fue del 3,98%. Esto demuestra que cuando el partido justicialista no estaba en el poder, el crecimiento brasileño superó ampliamente al argentino.
En comparación con otros países sudamericanos, los resultados de Argentina también fueron decepcionantes. Solo Venezuela tuvo un desempeño peor, con una tasa de crecimiento promedio del 2,08%, debido a la crisis económica tras la muerte de Hugo Chávez. Uruguay, por su parte, tuvo un crecimiento levemente inferior al de Argentina, con 2,41%, mientras que otros países como Ecuador (4,21%), Paraguay (4,06%), Perú (3,71%) y Bolivia (2,69%) superaron ampliamente a Argentina.
El crecimiento económico no garantiza una distribución equitativa de la riqueza, pero es fundamental para mejorar las condiciones de vida en un sistema capitalista. Las cifras magras de crecimiento durante los gobiernos no peronistas han quedado por debajo del crecimiento vegetativo de la población, lo que ha llevado a una distribución del ingreso más desigual, precarización laboral y dependencia tecnológica y financiera. En contraste, un crecimiento sostenido facilita el desarrollo, especialmente cuando se orienta a ampliar las capacidades productivas y tecnológicas de la población.
La confusión sobre el impacto de los gobiernos peronistas parece surgir de una antipatía visceral, carente de fundamento técnico. Los análisis históricos que perpetúan el odio antiperonista tienden a generalizar la pobre performance de las últimas décadas sin distinguir entre diferentes periodos de gobierno, lo que enturbia los resultados. Esto no solo se aplica al crecimiento, sino también a la generación de empleo, la deuda y la distribución del ingreso.
La narrativa de que el peronismo deja un legado destructivo suele estar invertida, ya que en muchos casos, como en los finales de los gobiernos de Alfonsín, De la Rúa o Macri, la situación económica se deterioró. Desde la restauración de la democracia, solo en el gobierno de Alberto Fernández el peronismo entregó una economía en crisis.
En resumen, los gobiernos peronistas han demostrado ser más efectivos en aumentar el PBI que las administraciones no peronistas, sin caer en endeudamientos externos descontrolados, a pesar de enfrentar periodos históricos complejos. Estos son datos concretos, no meras opiniones.

