El rendimiento de la soja enfrenta una crisis alarmante que podría poner en jaque exportaciones por 5.000 millones de dólares. La campaña actual se encuentra en un estado crítico, donde la caída en los rindes amenaza con impactar severamente en la macroeconomía del país. Los últimos informes indican que el 25% de la superficie sembrada presenta condiciones regulares o malas, lo que encende las luces de alerta en un sector que es vital para la entrada de divisas.
El deterioro ha sido veloz y drástico. En solo una semana, el porcentaje de soja comprometida se elevó del 16% al 25%, un aumento que ha sorprendido a los expertos del sector y que pone de manifiesto la vulnerabilidad de la producción frente a las adversidades climáticas. Si se compara con el año anterior, el panorama es aún más desalentador: en esta misma etapa de la campaña, solo el 20% de los lotes se encontraba en malas condiciones, cinco puntos menos que en la actualidad.
La región núcleo, que es el corazón de la producción sojera, concentra las principales inquietudes. Según el último informe semanal de la Bolsa de Comercio de Rosario, el 20% de la soja de primera presenta condiciones regulares o malas. En diversas áreas, los daños al rendimiento potencial varían entre el 20% y el 40%. El estrés hídrico y térmico sufrido en enero golpeó fuertemente durante la etapa crítica del cultivo, limitando las posibilidades de recuperación.
Con un cuarto de la soja en condiciones desfavorables, el mercado se ve obligado a recalcular sus proyecciones, estimando pérdidas que oscilan entre 4.800 y 5.000 millones de dólares. Las lluvias recientes ofrecieron un alivio momentáneo, pero no lograron despejar del todo el panorama. En algunas zonas, estas precipitaciones ayudaron a frenar el deterioro y ganar tiempo, mientras que otras áreas, que no recibieron suficiente agua, continúan enfrentando serios problemas.
Particularmente, el sudeste de Santa Fe sigue siendo el epicentro de la sequía y concentra los mayores riesgos productivos. El impacto económico de esta situación comienza a vislumbrarse con claridad. No se trata únicamente de una reducción en la cantidad de toneladas cosechadas, sino también de una caída en la calidad del grano, lo que disminuye el valor exportable y, en consecuencia, reduce el aporte de divisas al país.
El problema va más allá de lo agrícola. La soja representa el principal motor del ingreso de dólares, y cualquier disminución en la cosecha repercute directamente en la balanza comercial y en la recaudación fiscal. En un contexto de vulnerabilidad externa, el deterioro de esta campaña añade presión a una economía que necesita cada dólar para mantener su estabilidad.
Aunque los pronósticos climáticos sugieren una posible normalización de las lluvias en febrero, la Bolsa de Rosario advierte que parte del daño ya es irreversible, lo que deja un futuro incierto para la producción sojera y para la economía nacional en general.

